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    Home»SALUD»cómo parar protege el cuerpo y la mente
    SALUD

    cómo parar protege el cuerpo y la mente

    El copelloBy El copellojulio 29, 2025No hay comentarios3 Mins Read
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    En una sociedad que celebra la productividad y la agenda llena, hacer una pausa parece casi un acto de rebeldía. Vivimos inmersos en una cultura que valora estar ocupados y subestima la importancia del descanso, olvidando que detenerse es una necesidad, no un lujo. Para Carlos Caudet, profesor de Psicología en la Universidad Europea, tomarse un tiempo para no hacer nada no significa desperdiciar el tiempo, sino todo lo contrario: «No hacer nada también es hacer algo. Es cuidarse, es parar y permitir que el cuerpo y la mente se reparen».

    Los beneficios del descanso no solo son evidentes a nivel mental, sino también a nivel físico. Cuando se logra reducir el estrés y dar al cuerpo el tiempo que necesita para recuperarse, se activa el sistema nervioso parasimpático, encargado de funciones vitales para la regeneración. En ese estado, se favorecen procesos fundamentales como la neurogénesis (creación de nuevas neuronas), la sinaptogénesis (formación de conexiones neuronales) y la autofagia (eliminación de componentes celulares dañados), explica Caudet.


    Retomamos hoy las catequesis sobre el tema del discernimiento. Hemos visto lo importante que es leer lo que se mueve dentro de nosotros, para no tomar decisiones apresuradas, en la ola emocional del momento, solo para arrepentirnos cuando ya es demasiado tarde. Es decir, leer qué sucede y después tomar las decisiones.

En este sentido, también el estado espiritual que llamamos desolación, cuando en el corazón todo está oscuro, está triste, este estado de desolación puede ser ocasión de crecimiento. De hecho, si no hay un poco de insatisfacción, un poco de tristeza saludable, una sana capacidad de habitar en la soledad y de estar con nosotros mismos sin huir, corremos el riesgo de permanecer siempre en la superficie de las cosas y no tomar nunca contacto con el centro de nuestra existencia. La desolación provoca una “sacudida del alma”: cuando uno está triste es como si el alma se sacudiera; mantiene despiertos, favorece la vigilancia y la humildad y nos protege del viento del capricho. Son condiciones indispensables para el progreso en la vida, y, por tanto, también en la vida espiritual. Una serenidad perfecta, pero “aséptica”, sin sentimientos, nos hace deshumanos cuando se convierte en el criterio de decisiones y comportamientos. Nosotros no podemos no hacer caso a los sentimientos: somos humanos y el sentimiento es una parte de nuestra humanidad; sin entender los sentimientos seremos deshumanos, sin vivir los sentimientos seremos también indiferentes al sufrimiento de los otros e incapaces de acoger el nuestro. Sin considerar que tal “perfecta serenidad” no se alcanza por este camino de la indiferencia. Esta distancia aséptica: “Yo no me involucro con las cosas, yo tomo distancia”: esto no es vida, esto es como si viviéramos en un laboratorio, cerrados, para no tener microbios, enfermedades. Para muchos santos y santas, la inquietud ha sido un impulso decisivo para dar un giro a la propia vida. Esta serenidad artificial, no va, mientras que la sana inquietud es buena, el corazón inquieto, el corazón que trata de buscar camino. Es el caso, por ejemplo, de Agustín de Hipona o de Edith Stein o de José Benito Cottolengo o de Carlos de Foucauld. Las decisiones importantes tienen un precio que la vida presenta, un precio que está al alcance de todos: es decir, las decisiones importantes no vienen de la lotería, no; tienen un precio y tú debes pagar ese precio. Es un precio que tú debes pagar con tu corazón, es un precio de la decisión, un precio que hay llevar adelante, un poco de esfuerzo. No es gratis, pero es un precio al alcance de todos. Todos nosotros debemos pagar esta decisión para salir del estado de indiferencia, que nos abate, siempre.

La desolación es también una invitación a la gratuidad, a no actuar siempre y solo en vista de una gratificación emotiva. Estar desolados nos ofrece la posibilidad de crecer, de iniciar una relación más madura, más hermosa, con el Señor y con las personas queridas, una relación que no se reduzca a un mero intercambio de dar y tomar. Pensemos en nuestra infancia, por ejemplo, cuando somos niños, sucede a menudo que buscamos a los padres para obtener algo de ellos, un juguete, dinero para comprar un helado, un permiso... Y así los buscamos no por sí mismos, sino por un interés. Sin embargo, ellos son el don más grande, los padres, y esto lo entendemos a medida que crecemos.

También muchas de nuestras oraciones son un poco de este tipo, son peticiones de favores dirigidos al Señor, sin un verdadero interés por Él. Vamos a pedir, pedir, pedir al Señor. El Evangelio señala que Jesús a menudo estaba rodeado de mucha gente que lo buscaba para obtener algo, curaciones, ayudas materiales, pero no simplemente para estar con Él. Estaba rodeado de multitud y, sin embargo, estaba solo. Algunos santos, y también algunos artistas, han meditado sobre esta condición de Jesús. Podría parecer raro, irreal, preguntar al Señor: “¿Cómo estás?”. Y sin embargo es una manera muy hermosa de entrar en una relación verdadera, sincera, con su humanidad, con su sufrimiento, también con su singular soledad. Con Él, con el Señor, que ha querido compartir hasta el fondo su vida con nosotros.

Nos hace mucho bien aprender a estar con Él, a estar con el Señor sin otro fin, exactamente como nos sucede con las personas a las que queremos: deseamos conocerlos cada vez más, porque es hermoso estar con ellos.

Queridos hermanos y hermanas, la vida espiritual no es una técnica a nuestra disposición, no es un programa de “bienestar” interior que nosotros debemos programar. No. La vida espiritual es la relación con el Viviente, con Dios, el Viviente, irreductible a nuestras categorías. Y la desolación entonces es la respuesta más clara a la objeción que la experiencia de Dios sea una forma de sugestión, una simple proyección de nuestros deseos. La desolación es no sentir nada, todo oscuro: pero tú buscas a Dios en la desolación. En este caso, si pensamos que es una proyección de nuestros deseos, siempre seríamos nosotros quienes la programáramos, siempre estaríamos felices y contentos, como un disco que repite la misma música. En cambio, quien reza se da cuenta de que los resultados son imprevisibles: experiencias y pasajes de la Biblia que a menudo nos han entusiasmado, hoy, extrañamente, no suscitan ningún entusiasmo. E, igualmente de forma inesperada, experiencias, encuentros y lecturas a los que nunca se había hecho caso o que se prefería evitar ―como la experiencia de la cruz― dan una paz inmensa. No tener miedo a la desolación, llevarla adelante con perseverancia, no huir. Y en la desolación tratar de encontrar el corazón de Cristo, encontrar al Señor. Y la respuesta llega, siempre.

Frente a las dificultades, por tanto, nunca desanimarse, por favor, sino afrontar la prueba con decisión, con la ayuda de la gracia de Dios que nunca nos falla. Y si escuchamos dentro de nosotros una voz insistente que quiere distraernos de la oración, aprendamos a desenmascararla como la voz del tentador; y no nos dejemos impresionar: simplemente, ¡hagamos precisamente lo contrario de lo que nos dice! Gracias.

    En el plano emocional, el descanso profundo permite que el cuerpo libere neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, directamente relacionados con la motivación, el bienestar psicológico y la salud mental general. Al mismo tiempo, se refuerza el sistema inmune. Dormir bien y mantener a raya el estrés eleva la producción de linfocitos T y natural killers, células clave en la defensa contra virus, bacterias e incluso células tumorales.

    Además, el sueño reparador, especialmente durante las fases REM, se asocia a una menor incidencia de enfermedades cardiovasculares, metabólicas y neurodegenerativas. «El descanso adecuado reduce el estrés oxidativo, disminuye la inflamación celular y favorece la longevidad tanto física como mental», señala Caudet.

    Incluso estados que muchas veces se perciben como negativos, como el aburrimiento, pueden ser aliados del bienestar. En palabras del psicólogo, «nos cuesta tolerar el aburrimiento, cuando en realidad es un terreno fértil para la creatividad, la introspección y el equilibrio emocional». Durante estos momentos de desconexión, el cerebro activa una red neuronal que permite planificar, reorganizar pensamientos y procesar emociones.

    Cuando llega el momento de tomar vacaciones, es importante no caer en la trampa de llenar los días con actividades sin fin. Según Caudet, la sobreplanificación puede convertir el descanso en una extensión del estrés laboral. Para lograr una pausa realmente regeneradora, recomienda cambiar de entorno, reducir estímulos y evitar agendas apretadas. «Preguntarse si lo que hacemos nos recarga o nos agota puede marcar la diferencia», afirma.

    Finalmente, el descanso no debe reservarse solo para el verano o los festivos. Incluir pausas conscientes en la jornada laboral o académica mejora la eficiencia, la creatividad y el bienestar emocional. «No todo se trata de producir más; también se trata de sostenernos mejor en el tiempo», concluye Caudet.



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