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    Home»LOCAL»El Vesuvio Santo Domingo: una historia culinaria que llega a su fin
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    El Vesuvio Santo Domingo: una historia culinaria que llega a su fin

    El copelloBy El copelloagosto 4, 2025No hay comentarios6 Mins Read
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    Lo que comenzó con un horno de pizza traído desde Nueva York en 1953 se convirtió en uno de los símbolos más duraderos de la vida social y gastronómica de la capital dominicana. Hoy, tras el inicio de la demolición de su edificio original en el Malecón, el restaurante El Vesuvio se despide definitivamente de la geografía urbana de Santo Domingo. En su lugar, se levantarán dos torres residenciales de 22 pisos.

    Detrás de ese cambio late una historia familiar cargada de sabor, memoria y amor por la cocina. Enzo Bonarelli, hijo del fundador, comparte con Diario Libre los orígenes de esta tradición napolitana sembrada frente al mar Caribe.

    Un volcán italiano en el Malecón

    El Vesuvio fue fundado oficialmente el 21 de enero de 1954, sin que su creador, Annibale Bonarelli, supiera que ese día coincidía con la celebración de la Virgen de la Altagracia. La idea había comenzado meses antes, cuando unos amigos lo convencieron de viajar desde Nueva York a Santo Domingo. «Le dijeron que aquí no había restaurante italiano«, cuenta Enzo. Entonces decidió instalar uno.

    Vio que la residencia del ingeniero Atilio León tenía el frente en la avenida independencia y la parte trasera (el patio) se comunicaba con la «prolongación» George Washington (mi papá vio, que el parecido con la vista del mar le recordó su pueblo natal Napoli y la vista del malecón con la panorámica del volcán Vesuvio le pidió al ingeniero Atilio León, que le habilitara el patio trasero, ordenó un toldo que cubriera el 50 % de la terraza y ese fue el comienzo del «local» del restaurant-pizzería-heladería.

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    Regresó a Nueva York, compró un horno de pizza y tres estufas eléctricas. En pocos meses, ya tenía 18 mesas ocupadas cada noche, con filas de clientes esperando su turno desde la acera opuesta. O sea en el Malecón.

    La familia, aún en Italia, se trasladó a Santo Domingo en mayo del 1954. Los Bonarelli —Enzo, Pepino, María, Gaetano y la más pequeña, Rosario— se establecieron en un segundo nivel sobre el restaurante. «Nosotros vivíamos arriba, abajo funcionaba el restaurante. Una forma de tradición«, recuerda.

    Expansión, remodelaciones y arte

    En 1959, los Bonarelli compraron el terreno donde operaban y mandaron a construir un nuevo edificio, diseñado por el ingeniero Ramón Castillo. «Castillo le dijo a papá que le pondría varilla extra al edificio por si el jefe venía a comer ahí», cuenta Enzo con humor.

    Desde entonces, El Vesuvio fue creciendo y transformándose sin perder su esencia. En 1966, tras el fin de la Revolución de Abril, realizaron la primera gran remodelación, a cargo del arquitecto Marranzini, apodado «Sancocho». En 1972 vino otra, dirigida por Benjamín Paiewonsky, quien también integró en los años 80 una escultura de Prats Ventós y un mural de mosaico bizantino con piezas doradas, que fue donado al Museo León Jimenes en Santiago. El mural fue ampliado en 1987 y nuevamente en 1998.

    «Cuando salimos del restaurante, desmontaron todas las piezas y un restaurador duró casi un año en recuperarlas. Fue un proceso muy delicado», dice Bonarelli.

    En 1986 su hermana María Bonarelli y su esposo Luis, lideraron una nueva transformación interior. «Ella le dio al restaurante un aire más amplio, más contemporáneo, pero siempre dentro de la elegancia tradicional que lo caracterizaba», explica.

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    El legado de Annibale y de Inmacolata

    Don Annibale nunca dejó la cocina. «Era obsesivo con la calidad, el servicio, los estándares», relata Enzo. Su madre, Inmacolata, se encargaba de la caja. «Nosotros, los hijos, por turno, le ayudábamos a escribir las facturas a mano. No había computadoras».

    • El Vesuvio era, para la familia, como «El hermano mayor». Los clientes se conocían por nombre, no por apellido, y muchos tenían incluso su bebida o plato preferido listo antes de sentarse.

    Enzo recuerda que a los 10 años ya trabajaba en el restaurante. «Mamá me dijo: Ya no vas al colegio, te quedas aquí con nosotros. Aprendí todo desde abajo. El menú lo preparaba yo, estudiaba la psicología del menú, qué poner, qué quitar». A partir de 1970, él asumió la administración y comenzó a innovar.

    Tecnología antes de tiempo

    Durante los años 80, El Vesuvio fue pionero en el uso de tecnología aplicada al servicio. «Contratamos a un físico nuclear (estudió en Londres y no encontraba trabajo) Luis Andrés Pérez, para que nos creara un sistema de facturación por computadora. El menú estaba en cinco idiomas: italiano, español, inglés, francés y hasta holandés».

    Esa innovación redujo de 30 minutos a segundos el tiempo de espera por una cuenta. «La gente empezó a notar que ya no había filas y pensaron que había menos clientes, pero en realidad todo era más eficiente».

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    Infografía

    Casata, pan y memoria colectiva

    La historia de El Vesuvio no es solo empresarial. Es afectiva. Es memoria viva para miles de dominicanos. «Una joven se emocionó cuando le ofrecí casata. Me dijo que su papá la traía de niña al Vesuvio a comer ese helado tricolor. Eso te marca», dice Enzo.

    Incluso un joven le dijo que El Vesuvio fue «el primer fast food de la República Dominicana», porque desde que llegabas pedías el carrito de los antipastos, te traían pan y comenzabas a comer. «Eso lo crearon los clientes, no nosotros. El restaurante lo convirtió el dominicano en lo que fue».

    ¿Y ahora qué?

    El restaurante cerró en 2016. En julio de 2025 comenzó su demolición para dar paso a dos torres de apartamentos de lujo. «Esto no se va a perder en el olvido. Va a quedar en los recuerdos», afirma Enzo.

    ¿Volverá a abrir un restaurante Bonarelli en ese espacio?, se le pregunta y dice: «No lo sé. Eso dependerá de mis hijos. Si ellos quieren, tienen todo mi apoyo. Yo tengo todas las recetas, todo lo que fue El Vesuvio lo llevo en mi cabeza».

    Lo que está claro es que El Vesuvio fue más que un restaurante. Fue un hogar, un legado, un punto de encuentro entre generaciones, una expresión de la identidad italiana en el Caribe. Su memoria, aunque ahora sin edificio, seguirá encendida en cada recuerdo, una época de oro de familias dominicanas con historias contadas y celebraciones frente al mar.

    Investigadora y autora de estudios sobre periodismo y comunicación en la República Dominicana. Ha sido reportera durante décadas en diarios nacionales. Es editora de Actualidad de Diario Libre.
     



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