Agosto suele presentarse como una pausa, una tregua dentro del calendario vertiginoso. Para algunos, es sinónimo de descanso merecido. Para otros, una estación ambigua en la que colapsan las exigencias acumuladas durante todo el año. En ambos casos, hay una pregunta que resuena con fuerza: ¿cómo cuidamos nuestra salud mental en una sociedad que apenas permite detenerse?
En los últimos años (especialmente a raíz de la pandemia) hemos hablado más que nunca de salud mental. Lo que antes era tabú, ahora ocupa titulares, campañas institucionales e incluso programas políticos. Hemos logrado que se escuche, se nombre y se visibilice.
Pero con esa visibilidad llega también una responsabilidad ineludible: transformar la toma de conciencia en acciones concretas. ¿Estamos realmente avanzando o nos estamos conformando con una narrativa de buenas intenciones?
Los datos siguen siendo inquietantes. Según la OMS, cerca de mil millones de personas viven con algún trastorno mental. Por ejemplo, en España, un 40% de la población afirma tener una mala salud mental. Los jóvenes entre 18 y 24 años presentan los índices más altos de ideación suicida y autolesiones. Las mujeres, además, siguen sufriendo una carga desigual en lo doméstico, lo laboral y lo emocional.
Mientras tanto, el acceso a la atención sigue siendo desigual y escaso. La recomendación científica establece un mínimo de 20 psicólogos por cada 100.000 habitantes. Sin embargo, en países como España, esta cifra no llega ni a la mitad. En contraste, países del norte de Europa como Suecia y Dinamarca superan el ratio d los 50 psicólogos por cada 100.000 habitantes, mostrando que mejorar el sistema público de salud mental no es una utopía, sino una decisión política.
Y esa es la clave: las políticas públicas importan, y mucho. No se trata solo de invertir en profesionales de la salud mental—aunque es urgente—, sino también de diseñar sociedades donde el malestar no sea estructural.
Existen modelos en Europa que invitan al optimismo. En Países Bajos, la jornada laboral promedio es de 31 horas semanales, con sueldos medios superiores a los 3.400 euros. En Francia y Dinamarca, las 35 horas semanales son norma, no excepción. Esta reducción de la carga horaria no solo mejora la conciliación y la productividad, sino también la salud mental de sus ciudadanos.
En cuanto a la maternidad y paternidad, Suecia y Noruega destacan por ofrecer permisos parentales prolongados, igualitarios y flexibles. Bulgaria encabeza la lista con 410 días de permiso maternal cubriendo el 90% del salario, y Croacia le sigue de cerca. No es casualidad que estos países lideren también los índices de satisfacción vital.
Son modelos que entienden que el bienestar no nace únicamente de la terapia individual, sino de un entorno donde trabajar, criar, estudiar o envejecer no se convierta en una carrera de obstáculos.
Mientras tanto, nuestra vida cotidiana se ha tornado frenética y desconectada. La hiperconexión digital, el culto al rendimiento y la precariedad económica han erosionado las redes de apoyo. Como ha advertido el psicólogo Jonathan Haidt en su libro La generación ansiosa, la sobreexposición a redes sociales y la introducción temprana del móvil en la infancia están relacionadas con el incremento de ansiedad, baja autoestima y pensamientos suicidas, especialmente en adolescentes.
Frente a esta evidencia, las políticas públicas no pueden limitarse a campañas institucionales ni a hashtags de sensibilización.
Necesitamos una reestructuración profunda, como propone la OMS: atención integral centrada en la persona, intervenciones comunitarias, protección de derechos y participación activa de quienes han vivido problemas de salud mental.
En este marco, también los medios de comunicación jugamos un papel clave. Nuestra tarea no es solo visibilizar el problema, sino también abrir ventanas a las soluciones. Contar historias de recuperación, destacar políticas que sí funcionan, y cuestionar estructuras que enferman.
Desconectar es hoy una necesidad, pero no puede ser el único plan.
Urge reconectar: con el cuerpo, con los vínculos, con el entorno. Y, sobre todo, con un modelo social que priorice la salud mental como pilar del bienestar colectivo, no como un lujo o una moda.
JORGE DOBNER
Editor
En Positivo
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