Joven médico especialista en medicina preventiva, profesor de la Universidad de Yale y editor de temas de salud de la revista The Atlantic, James Hamblin alcanzó cierta notoriedad en 2020. Ese año publicó un libro donde asegura que durante cinco años dejó de ducharse. También declaró: “Nos lavamos por costumbre, no porque lo necesitemos”.
A partir de ese momento, Hamblin dio entrevistas a medios tan prestigiosos como la CNN, la BBC y National Geographic. Llamaba la atención que un médico hubiera tomado una decisión que iba en contra de los consejos básicos sobre higiene personal.
“Pasamos dos años completos de nuestras vidas bañándonos. ¿Cuánto de ese tiempo (y dinero y agua) es un desperdicio?”, se ha preguntado el médico en alguna de las tantas entrevistas que dio tras publicar Clean: The New Science of Skin and the Beauty of Doing Less.
“Muchas personas usan champú para eliminar los aceites del cabello y después se aplican un acondicionador para colocar aceites sintéticos. Si logras romper ese círculo, tu cabello terminará viéndose de la manera que era cuando empezaste a usar esos productos”, afirmó Hamblin en una de las tantas entrevistas que le dieron algo de fama.
Agregó que “sabía que era posible bañarse muy poco, pero quería intentarlo por mí mismo para ver cuál sería el efecto”. Cinco años después de haber prescindido de la ducha, decía que “con el tiempo, tu cuerpo se acostumbra cada vez más para que no huela tan mal si no usas desodorante y jabón”.
Hamblin explica que bañarse en exceso «altera una especie de equilibrio que existe entre los aceites de la piel y las bacterias (microbioma). Cuando te das una ducha de manera agresiva, destruyes los ecosistemas y favoreces a microbios que producen olor. Tu ecosistema llega a un estado estable y dejas de oler mal. No hueles como agua de rosas… Simplemente hueles como una persona”.
Dijo esto luego de que un periodista le preguntara si no le preocupaba “estar oliendo a sucio”. Hamblin asegura que consultó a “colegas, amigos y personas que sabía que serían honestas” para asegurarse de que no desprendía un mal olor. Agregó que llegó a tener un “olor propio”, al que también se acostumbró su esposa durante los cinco años del “experimento”.
Siempre tratando de justificar los beneficios de evitar la ducha, agrega: “Nos lavamos por costumbre, porque es lo que dicta la norma social, no porque lo necesitemos desde un punto de vista médico”.
En su libro cuestiona los estándares modernos de higiene. Su argumento central es que un exceso de limpieza podría perjudicar la salud de la piel. Asegura que muchos cosméticos destruyen bacterias protectoras y debilitan las defensas naturales de la piel. Aunque no pretende imponer su método, propone reconsiderar qué se entiende por limpieza corporal.
Claro que, si bien dejó de ducharse, Hamblin mantuvo una higiene básica. Se enjuagó el cabello y el cuerpo cuando lo creyó necesario y utilizó las manos o el peine para eliminar los aceites de la piel y el cuero cabelludo. También mantuvo la rutina de lavarse los dientes. Y ahora, para lavarse, usa agua, sin jabón, champú o desodorantes. “No se trata de evitar la higiene, sino de replantearla”, dijo para tranquilizar a sus críticos, entre quienes figuran varios dermatólogos.

