El tiempo pasa. Y pasa para todos los organismos vivos. Cada segundo, las millones de células que forman el cuerpo humano reaccionan en pro de que la vida siga. Algunas se dividen, otras mueren, algunas liberan sustancias que ayudan a comunicarse y otras sucumben a las mutaciones, dejando ver una cara maligna y perversa: el cáncer. El tiempo pasa. Y en cada ciclo es distinto. Cada reacción que tiene lugar en el organismo puede estar asociada a errores. Algunos de estos errores, descubiertos durante la primera década de los 2000, se acumulan en moléculas clave y son medibles, dando lugar a una impronta que puede indicar la edad biológica del organismo. Entre aquellos pioneros que encontraron y empezaron a medir estos errores se encuentra Steve Horvath, de Altos Labs.
Según explica él mismo, los marcadores del envejecimiento se pueden dividir en 3 categorías: los que tienen un carácter molecular, los fisiológicos y los de rendimiento funcional. Los primeros tratan de ver cómo afectan a las piezas más fundamentales del cuerpo, como puede ser el ADN, las proteínas o las grasas, que según pasa el tiempo van sufriendo cambios químicos. Los segundos en muchas ocasiones son consecuencia de los primeros, que cuando se acumulan en suficiente cantidad, provocan cambios en los órganos o sistemas, y finalmente, los funcionales, indican cómo el cuerpo va cambiando con la edad y va perdiendo fuerza, movilidad o capacidades cognitivas.
En el laboratorio de Steve Horvath creen que la clave para comprender el envejecimiento se encuentra en los cambios moleculares, y por ello han desarrollado métodos para lograr medirlos de forma precisa. Concretamente, en 2019 desarrollaron una técnica para medir ciertos cambios químicos que se producen en el ADN a partir de muestras de plasma sanguíneo de voluntarios. Estos cambios, denominados metilaciones, van acumulándose con la edad, al igual que los años, y permiten conocer el estado de envejecimiento del cuerpo.
El GrimAge, el reloj que predice el riesgo de muerte
El problema con la metilación del ADN es que puede provocar que este deje de funcionar correctamente. La metilación suele ir asociada con un silenciamiento de los genes, es decir, en que el cuerpo no pueda leer ni traducir la información que contienen. Un claro ejemplo es, en las mujeres que contienen dos cromosomas X, uno de ellos se encuentra metilado e inactivo como método de ahorro. Por ello, hay algunas regiones que siempre deberían estar metiladas, pero en cambio hay otras que no.
Con el tiempo, los cambios en los patrones de metilación del ADN dan lugar a fallos en la función en órganos y tejidos. Especialmente, se asocian a cambios en el sistema inmunológico, problemas cardíacos, cáncer, o incluso muerte prematura. Por ello, mirando si el ADN se encuentra metilado en ciertos puntos clave, en el laboratorio de Horvath crearon un algoritmo con el que predecir el riesgo de mortalidad de la persona en los próximos años. A este predictor le pusieron el nombre de GrimAge, formado a partir de la unión de “Grim reaper”, la parca; y age, la edad, que permite cuantificar con gran precisión la esperanza de vida resultante.
Los más interesante de los cambios en la metilación del ADN es que son un reflejo de los estreses a los que se ha visto sometido el cuerpo, así como los daños que ha sufrido en distintos órganos. Y aunque no, no son capaces de predecir con precisión la causa de la muerte de la persona, sí que dan una estimación acerca de qué sistemas pueden encontrarse más cerca de fallar. Por tanto, son de gran ayuda a la hora de diseñar estrategias personalizadas con los que mantener la salud de las personas.
¿Se puede parar esta cuenta atrás?
Y es que una de las peculiaridades de la metilación del ADN es que es una acción reversible. Esto quiere decir que las partes metiladas se pueden demetilar, y las partes demetiladas se pueden metilar. Como demostró Horvath, junto con el investigador de la universidad de Budapest Zsoltr Radák, una de las mejores formas de revertir los cambios en las metilaciones y volver a un estado más “joven” es mediante el deporte.
En un estudio de seguimiento a 10 años vista de atletas olímpicos y campeones de varias disciplinas deportivas, el equipo de investigación en el que se encontraban demostró que el deporte moderado e intenso es capaz de rejuvenecer los patrones de metilación del ADN. Estos atletas que se encontraban practicando el deporte, por tanto retrasaban de manera efectiva la cuenta atrás del GrimAge.
Lo que pudieron observar es que, lamentablemente, los cambios son transitorios, y 10 años después de dejar sus respectivas disciplinas, los deportistas volvían a unos patrones de metilación similares a los de la población normal. Por tanto, el deporte es una práctica que, sostenida en el tiempo, ayuda a disminuir la edad, pero la clave es la constancia. Sin ella, el reloj del envejecimiento avanza raudo, implacable, como un reloj de pared en el que el tiempo pasa. Y pasa para todos los organismos vivos.

